CÁMARA ARGENTINA DE COMERCIO
1950 VARIOS CAMINOS PERO NINGUN RUMBO

   Como respuesta a la nueva restricción externa, se procuró tender puentes más sólidos para atraer la inversión extranjera, con la idea de que su presencia en sectores estratégicos reduciría las necesidades de importación y su flujo de divisas sería utilizado para equilibrar el balance de pagos.
Esto originó, en 1953, la promulgación de una ley que favorecía la inversión extranjera, originando varias radicaciones en particular de ensambladoras de tractores y algunas automotrices, aunque fracasó en lo referido a la atracción de industrias petroleras debido a las argumentaciones a favor de la “independencia económica”. Estas ideas instaladas hacía algunos años, atentaban de hecho contra ese objetivo, pues uno de los principales escollos para el desarrollo nacional era precisamente la falta de combustible.

   La Argentina se encaminaba hacia una nueva debacle que, en medio de una aguda crisis social e institucional, abriría las puertas a la caída de Perón a manos de la “Revolución Libertadora” de 1955 y luego a la elección en las urnas –con el peronismo proscripto- de Arturo Frondizi, en 1958.
A partir de allí se fue desmantelando buena parte de la estructura dirigista existente. Se disolvió el IAPI, se descentralizaron los depósitos bancarios que habían sido “estatizados” durante los años previos y se flexibilizaron los controles de precios.
Asimismo, se eliminó el régimen de cupos y permisos para realizar importaciones, optándose por la vía de encarecer las mismas antes que restringirlas (los aranceles llegaron a techos de hasta el 300%) y se liberalizó el mercado de cambios, aunque de todos modos la Argentina todavía no resolvía el problema de los estrangulamientos en el balance de pagos.

   Como ensayo de respuesta a ese problema recurrente, el “desarrollismo” de Frondizi intentó dinamizar la presencia de inversiones extranjeras en especial en secores como el petróleo que representaba, para ese entonces, un quinto de las importaciones argentinas. Se pretendía no sólo reducir la vulnerabilidad externa sino generar, desde el desarrollo de industrias de base, la integración del proceso productivo en cadenas de valor.
Además, debe destacarse que ya en 1956 la Argentina había ingresado al Fondo Monetario Internacional e incluso había renegociado parte de su deuda externa con el Club de París. Desde entonces, el recurso del crédito externo comenzó a utilizarse de manera más sistemática, lo que contribuyó muchas veces a aliviar el balance de pagos, aunque tornando más pesada la carga financiera, a la hora de honrar sus servicios, en el futuro.
De igual modo, se propiciaron medidas de austeridad en el gasto público e inducción a la caída del consumo privado, lo que llevó a la economía a un ajuste recesivo de estabilización. De allí la memorable frase pronunciada en 1959 por el flamante ministro de Economía y Trabajo, Alvaro Alzogaray, en medio de una economía en plena caída: “hay que pasar el invierno”.

   El invierno pasó y para 1960 la inversión privada –en particular la extranjera- comenzaba a motorizar la recuperación de la economía a un ritmo del 8% anual. Para 1961, la inversión bruta era 66% mayor que en 1959.

   En materia de inserción internacional, debe destacarse en 1961 la presencia argentina en un hecho sobresaliente para el desarrollo de la integración hemisférica, en el que también participó de manera importante nuestra entidad: la creación de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), devenida en 1980 en la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI).
Pero la resurrección en que parecía envolverse la Argentina presentaba por primera vez un rasgo que se iría profundizando a lo largo del tiempo: el crecimiento y la mayor capitalización del aparato productivo no estaba generando nuevos empleos.

   La primavera económica de la experiencia desarrollista duró lo que duró el flujo contínuo de inversiones extranjeras a la Argentina. Una vez que el mismo se redujo, los problemas de la balanza comercial, los servicios de la deuda externa que habían crecido de manera importante, y la inflexibilidad del déficit fiscal a la baja, volvieron a situar a la economía en un escenario de crisis.

   Más aún, este escenario se vería, una vez más, retroalimentado por problemas de orden político-institucional. Las luchas militares entre azules y colorados, la breve y dificultosa presidencia de José María Guido, y el ascenso del gobierno de Illia –nuevamente con la proscripción del peronismo-, ponían dede lo político la cuota de inestabilidad suficiente para alterar el rumbo de lo económico.

   En el plano del comercio, a los ya tradicionales controles de precios, se sumó el dictado de la ley 16.454 (Ley Nacional de Abastecimiento), a partir de la cual se creó la Dirección Nacional de Abastecimiento para monitorear y “corregir” desvíos en los precios.

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